Lo he visto desde que tenía unos meses. Mi madre era, de hecho todavía lo es, modista. Y ahora cada vez que me enfrento a una hoja en blanco sé cómo se debería sentir ella justo antes de empezar su trabajo. Con tan sólo una imagen mental de la prenda que iba a hacer, extendía sobre la mesa un rollo de tela enorme cubriéndola por completo, ponía unos plomos encima de la tela para que no se deslizara y se enfrascaba a trazar unas líneas con una especie de tiza por toda la pieza. Aprovechaba cada centímetro del material, plasmaba sobre el tejido un puzzle de líneas que solo tenían sentido para ella. Allí donde mi inexperta inteligencia veía una tela marcada por una tiza de color rosa ella ya tenía hecho el vestido o el chaquetón o la prenda que fuera. Abrigos, pantalones, blusas, camisas, chaquetones, cazadoras, lo que fuera; mi casa fue siempre un desfile de modas constante. Un desfile de modas inmóvil. Por el pequeño piso se repartían cuatro o cinco maniquíes estáticos sin brazos y un pie redondo giratorio que les permitía rotar sobre ellos mismos con los que mi hermano y yo bailábamos mientras mi madre nos regañaba riéndose para que no mancháramos los vestidos que los cubrían.
Tras dibujar el patrón sobre la tela, venía una de las acciones que más me gustaban. Agarraba unas tijeras enormes con el mango cubierto de una tela de lana que le había hecho a modo de funda para evitar los cayos que se le hacían de tanto cortar telas. El sonido de aquellas tijeras al cortar siguiendo las líneas discontínuas sobre la madera de la mesa del taller emitía un sonido peculiar que me encantaba. Lo reconozco, los que me conocen lo saben, siempre he sido un poco especial con los sonidos y este en concreto me hipnotizaba. Línea a línea, pieza a pieza extraía de aquel pedazo aburrido y rectangular de tela unos recortes que tenían mil formas diferentes y que para mi aún no tenían utilidad alguna. Ella los ordenaba en un fajo, sobre una fina tela de algodón. Una vez recortados todas las piezas de aquel puzzle de lana de tan confortable olor, los enrollaba y ataba junto a un papel de color cartón con las medidas de la clienta y su nombre.
En el siguiente paso la magia cobraba vida. Era el paso de unir con un hilo blanco de algodón grueso y de dar forma al fajo de piezas de tela sueltas. Empezaba por la espalda, dedal en mano agachada sobre la mesa, sentada, escuchando a Luis del Olmo y sus “Protagonistas”. Cosía los laterales y las dos partes del pecho a la pieza enorme que era la espalda, luego, de 4 piezas largas y estrechas hacía dos mangas que diestramente con la ayuda del maniquí y de algunos alfileres cosía. Luego el cuello y por obra de magia aquellas telas ya eran un abrigo azul marino de lana gruesa con las juntas embastadas de las líneas blancas de hilo. La chaqueta ya tenía forma. Entonces la miraba por delante, giraba el maniquí haciendo bailar hacia atrás y hacia delante las mangas, giraba el maniquí y ella bailaba a su alrededor, tomando medidas, centímetro en mano. Le seguía una prueba sobre el cuerpo de la clienta. Un alfiler aqui, tizazo por allá y ala a la máquina para ser cosido del color que tocaba.

Aquello ya estaba, con cuidado pero enérgicamente eliminaba el hilo que le había servido para dar la primera forma a la prenda, el andamio de los trajes. Faltaban los detalles; el forro, los ojales, los botones, las hombreras. El momento final…el vapor de la plancha, otro de los olores de mi infancia, otro de los sonidos de mi vida y finalmente la funda, el guardapolvos, el emboltorio de papel de cebolla que cubría como un capullo de seda la crisálida textil fruto de sus manos.
Haber vivido esa experiencia me ayuda a escribir ahora que estoy empezando. Una idea vaga, lejana, gestada en el recuerdo, en alguna frase captada al viento, en alguna de las canciones que me acompañan a diario, se convierten en el pistoletazo de salida de la hoja en blanco. Con un poco de suerte las musas alimentan esa frase con otras que les siguen y voy siguiendo el rastro de las palabras, como Raimon a sus canciones. Como mi madre, mis textos empiezan siendo un acopio de frases que giran alrededor de la idea inicial, embasto el texto con palabras y cuando lo doy por acabado, cuando las ideas y frases se acaban, entonces empieza el trabajo de quitar el hilo blanco a base de leer, releer, corregir, re-escribir, hacer la prueba y estructurarlo de nuevo. Añade, borra, esto no tiene sentido. Lee de nuevo y al final, si he tenido suerte de gustarme, le doy al botón de previsualizar. Normalmente tengo que volver atrás y revisarlo, colocar una hombrera un ojal, el cinturón, un punto, una coma una palabra, un sinónimo.
Acabo envolviendolo en el papel de cebolla y lo cuelgo, esta vez cibernéticamente, para que quien lo quiera, lo lea y lo lleve consigo.
A Pepa