Insane World ( Prólogo)

A ver si me acuerdo de cómo empezaba todo. Con estas calores ya se sabe. Mis nietos se apañan mucho mejor con esto de las tecnologías. Yo soy más lento pero una vez le coges el truco, como todo en la vida, poco a poco voy más rápido. Al principio escribir sin mi vieja máquina de escribir era un poco extraño, no escuchaba el impacto de las teclas ni el mecanismo de retroceso, ni el olor de la tinta. Todo en conjunto me parecía una experiencia más vacía, carente de la autenticidad vivida con los 5 sentidos de las maquinas de escribir. Mis manos, mi máquina y yo. Pero si no hubiera descubierto o, mejor dicho, si mis nietos no me hubieran  regalado mi portátil, jamás habría podido escribir en la calle, ni en la playa, ni en mi café preferido, viendo la vida pasar.  Mi inspiración posiblemente se habría colado en retratos imaginados, perdiendo los entresijos de la vida, sin alma, ni profundidad ni autenticidad, como las malas películas. Además ahora puedo escribir de noche sin molestar a mi mujer que, dicho sea de paso, la edad le ha robado aquel sueño profundo del que gozaba de joven, cuando se dormía en cualquier rincón. Me he acostumbrado a mi ordenador portátil y rechazo por completo el volver a anclarme en la oscuridad de mi despacho mientras acumulo polvo y mis huesos se entumecen. Mis pipas de la guerra, los libros viejos de aventuras, amores, grandes hazañas y mis discos son lo único que queda de valor entre esas paredes, el resto sólo lo he encontrado observando el mundo. He preferido envejecer mirando siempre hacia adelante, absorviendo todo aquello que ha llegado a mi y yo creía positivo; y poder escribir sentado en mi mesa favorita del Mercier es uno de los pocos placeres que la edad todavía me permite.

A la única modernidad a la que no me adaptaré jamás es a los sistemas electrónicos para escuchar música. De hecho pienso firmemente que ya nadie escucha música por su culpa. La gente se dedica a bajarse música a diestro y siniestro sin valorar lo más mínimo la obra del artista para acumularlo en su disco duro y pasarlo al MP3 o al Ipod, artefactos muy prácticos pero que no hacen más que alienar a los individuos  y banalizar  la esencia de la ceremonia musical, la escucha, el permitir filtrar los sonidos y su emoción hasta el tuétano de los huesos, hasta la esencia misma del alma. Mi familia me ha regalado un iPod pero me niego a abrirlo por no caer en sus garras feroces. Sigo siendo un fiel seguidor del vinilo y me siento muy feliz por que parece que la vuelta de este sistema de reproducción es una realidad. Cada vez más son más los que como yo, individuos de todas las edades, creen en la ceremonia sagrada de desenvolver el vinilo, abrir la carátula de cartón ( mucho más sostenible que el plástico de los CD’s), observar los colores de la carátula, los títulos de las canciones y extraer con sumo cuidado ese fino y negro tesoro músical. Observar el brillo y el reflejo de las luces, colocarlo sobre la esterilla, conectar el amplificador de válvulas (por supuesto que para eso llevo toda la vida escribiendo), elevar con cuidado el brazo lector y dejarlo caer con sumo cuidado sobre el surco musical. Entonces los sonidos envuelven la habitación y el resto de mi apartamento, las partituras se dibujan en las paredes surcando el aire, desempolvando los cuadros y ocupando todos los espacios vacíos. A todo volumen, mi oído es casi el de un adolescente pero aprovecho mi edad para poder justificarme ante mis vecinos. Escuchar todos los cortes de la primera cara y… amigo, los cortes de la cara B, las canciones que desde la invención del CD han sido ignoradas, interrumpidas, pasadas y vilipendiadas hasta que el artista en cuestión se retira o muere y las reeditan para cobrar mayores royalties. Pero siempre han estado ahí en el lado oscuro del vinilo para beneficio de las almas como la mía. La aguja llega al final del surco, se levanta el brazo como pidiendo permiso para hablar en clase, vuelve a su sitio esperando que alguien se acerque y le dé permiso para volver a hablar o, en este caso, cantar. Giras el disco y ahí está ese preciado regalo, las rarezas, los sonidos disonantes, el Pepperland de Lennon y McCartney con permiso de George Martin, la  cara B donde los artistas dejan volar libre su imaginación al margen de modas y cánones, en fin, un regalo.

Soy muy escrupuloso con lo que escucho pero mi mente siempre busca nuevos sonidos. Me enamoré de la música siendo muy pequeño escuchando a mi madre cantar las tonadillas de su Andalucía natal, pero crecí entre los sonidos italianos de los Bellini de la puerta de al lado, y de los O’hara del piso de  arriba con sus bailes, y de la primera guitarra eléctrica que escuché de los músicos negros de Jazz que estaban de paso en el piso de la viuda Berkhoff. Mi padre compró el primer gramófono cuando tenía unos 10 años y mi primer disco fue una grabación clandestina de Billie Holiday. Desde aquel primer vinilo he ido acumulando cientos, quizás miles de discos que son, puestos en fila, mi biografía sonora. Cada disco es un momento histórico en mi biografía particular, cuando los escucho vuelvo ipso facto al pasado reviviendo los echos, viendo las personas que compartieron los momentos de mi vida. En los 80 les robé a mis nietos los discos de Sting, The Smiths y tantos otros, aún los tengo yo. Cuando quiero recordar la cresta a lo Billie Idol de mi nieto Frank no tengo más que buscar entre los discos de los 80 y “voilà”, en mi mente pierde 30 kilos y le vuelve a crecer el pelo. Hace poco que confesé mi hurto en una cena de Navidad, no les gustó demasiado pero no se atrevieron a decir nada. Ahora vienen a escucharlos a mi casa.

Me gusta aprender y evolucionar y si no hubiera escuchado a Glenn Miller en los 40 jamás habría conocido a mi mujer, ni habría descubierto a Beethoven, ni a Moody Waters, ni a los Rolling ni a la Srta. Joplin, ni a tantos y tantos. Todo en la vida es una cadena, un efecto dominó, cada día haces algo que te lleva a otra cosa, y ésta a otra y a otra y así hasta que mueres. Hay pocas cosas de las que me arrepiento, la más penosa, la guerra y todo lo que significó para mi generación. Pero esa es otra historia, quizás otro día. Ahora tengo poca batería y tengo que guardar los cambios en mi memoria virtual.

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~ por ferranmartinez en julio 30, 2010.

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