Cuentos de la Alhambra (II)

Cada vez que lo explico nadie me cree. Todos piensan que es una de esas historias surgidas fruto de una noche de insomnio delante del teclado en que las musas me visitan. Por otro lado es lógico, cuesta de creer, de hecho si no lo hubiera vivido yo tampoco lo creería. Es más, de vez en cuando abro el iPhoto y busco el evento que creé con la imágenes de aquel día y reviso que lo que me cuenta la memoria es más o menos cierto.

Hacía una tarde soleada de principio de otoño, el sol, más que quemar, templaba el aire de la montaña. Aconteció que mientras nuestro coche surcaba la carretera que se abría paso a través del ocre de los árboles, decidió no avisarnos que tenía sed dejándonos tirados en aquel maravilloso y paradisíaco pero recóndito lugar lejano a toda cobertura telefónica, ajeno a toda civilización. Tras un breve conato de histeria, no podía ser que aquello ocurriera precisamente aquel día, precisamente a aquella hora, precisamente en aquel sitio dejado de la mano de Dios, decidimos esperar a que pasara otro coche que no tuviera el mismo problema y que se ofreciera a ayudarnos a desfacer el entuerto que diría Cervantes. Por suerte nos quedaba batería en el automóvil, lo apartamos como pudimos a un lado del gris, abrimos las ventanillas y encendimos el equipo de música, Belle & Sebastian se perfilaban como el acompañamiento ideal para intentar calmar los ánimos y creer en que la providencia no nos dejaría tirados allí demasiado rato.

Pasó una media hora durante la que por aquel rincón del mundo no pasó ni el viento, esperábamos apoyados sobre el morro del coche temiéndonos lo peor. Yo hacía planes mentales sobre a cuál de nosotros había que matar primero para alimentarnos en caso de emergencia. Por suerte, justo antes del que apuntaba a ser el segundo momento de reproches,  a lo lejos empezamos a escuchar un motor. Se puede imaginar el lector que aquel rugido inmundo  fue para nosotros la mejor de las melodías, incluso mejor que la de los pájaros y el transcurrir del río que fluía en el valle.  Lo buscamos montaña arriba, montaña abajo, pero no lo vimos, ¿ era a caso una alucinación colectiva fruto de nuestro estado histérico? El rastro de aquel sonido iba y venía pero quedaba lejos del alcance de nuestra mirada. Al final Zora lo vio:

– ¡Allí viene! es una limousine.

En efecto, era un coche grande y negro, una limusina enorme de las que usan en las bodas cíngaras. Elegante, lento, surcaba la montaña esquivando las curvas y los repliegues de la montaña. Como el macho alfa de una manada de mamuts, marcaba el territorio ocupando el centro de la calzada, sin prisa, emitiendo un enorme estruendo que venía de su interior. Un riff de guitarra bien reconocible. De vez en cuando el sol del ocaso se pasaba a lo largo de su contorno, acariciando la silueta aerodinámica, eco destelleante reflejado en los árboles que  detenían su vaivén  eólico al paso de aquella máquina. El último destello nos lo dedicó a nosotros justo antes de detenerse ante nuestra algarabía. Estábamos salvados. “Jumping Jack Flash” también dejó de sonar. Se hizo el silencio, momento de tensión hasta que de aquella ventanilla asomó una cabeza cuya cara era conocida para todos nosotros. Era Mick Jagger. Sé que cuesta de creer, no era un molino de viento convertido en gigante amenazante, era el auténtico Mick Jagger.

Estábamos helados por la sorpresa, sin palabras que salieran de nuestro gaznate, ellos también a juzgar por su expresión, ¿ Qué hacían tres personajes como nosotros, de aquella guisa en medio de la montaña?. No tardó en asomar por el techo la cabeza de Keith tratando de averiguar si lo que veían sus ojos era real o fruto del subidón de haber esnifado el polvo blanco de los huesos del cadáver de su padre.

Nuestro arcaico inglés y su minúsculo castellano fue suficiente para explicarles la situación y para que se prestaran a ayudarnos y llevarnos a nuestro destino.

- Es el día de nuestra boda, le presento a mi esposa Zora, yo soy Pedro. Este es nuestro chófer y padrino, Juan, que se olvidó de los anillos y de poner gasolina.

 

Se pueden imaginar que tuve que tocar varias veces al insigne cantante para dar crédito a mis ojos y ¿por qué no decirlo? al resto de mis sentidos. Mis acompañantes no pudieron abrir la boca, o mejor dicho debería decir cerrarla, la situación lo justificaba.

El paquidérmico coche descendía la colina a buen ritmo evitando la noche, corriendo contra el tiempo para recuperar la media hora de espera,  pero créanme, yo era inmune a lo que ocurriera fuera del habitáculo móvil. Era ajeno a los colores y los momentos de calma junto a mi nueva esposa cogidos de la mano sentados en la parte trasera del coche nupcial. La nueva carroza y sus tripulantes habían dado un  giro de 180º a aquel día tan especial. Mick nos explicó o yo creí entender que estaban preparando una película y habían ido a rodar unos exteriores cerca del Brull. Gracias a la destreza del chófer y de la conversación con Mick el tiempo se hizo un suspiro, en un abrir y cerrar de ojos llegamos al restaurante donde todos nos esperaban inmersos en el frenesí de las bandejas que flotaban de un lado a otro en manos de los camareros. El sol ya había desaparecido escondiéndose detrás del Turó de l’Home dejándonos al consuelo de una luna blanca y limpia, foco nocturno y testigo de nuestra fiesta. No sé decir qué era mayor si mi satisfacción o mi alegría pero en aquel momento sólo se me ocurrió invitarlos a ser nuestros invitados de honor. Keith preguntó si teníamos Jack Daniels.

– Tanto como necesites.

– No se puede  rechazar una invitación como esa- dijo esbozando una enorme sonrisa de pirata.

¿Se pueden imaginar nuestra entrada en el restaurante?

El resto de la velada fue más inolvidable de lo que jamás hubiera deseado pero, querido lector. Esa es otra historia.

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~ por ferranmartinez en junio 22, 2011.

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