Una historia corta

No estoy de acuerdo con Murakami. Yo escribo mejor de noche. Mientras la luz del día brilla, mi cerebro es una piedra pómez. Cada mañana al quedarme sólo sigo la misma rutina. Enciendo el móvil por si alguien se acuerda de mi cara y para conectar con radio 3. Hoy empieza todo. Bloqueo la pantalla y lo coloco en mi bolsillo para que la música me siga sin molestar a los vecinos, demasiado considerado con la ciudad que cada vez es menos humana. Mi primera gimnasia, recojo cocina y dormitorio, y desmonto alguna de las habitaciones para limpiarla a fondo. Las estanterías, los libros, los cd’s, los vinilos, las guitarras, las bicicletas, todo fuera de su lugar para poder quitar cada mota de polvo. Dicen que un gran tanto por ciento del polvo de las casas es piel muerta, yo debo ser parte reptil porque en esta casa, sale polvo a los cinco minutos de haberlo eliminado. Mientras esto ocurre, mi mente entra en contacto con el ritmo de los temas de la radio. En este extraño estado meditativo mi mente se queda más en blanco de lo que ya está normalmente y es cuando recuerdo las historias que me trajo una musa despistada que tonteaba con Marfallona, así llamo a mi única neurona sana. A estas horas, la nota que trae es sólo un mero recuerdo de intensidad cero. Nada que ver con el volcán en plena erupción de la noche anterior, pero estar en pareja tiene estas cosas, cuesta explicar que después de estar todo el día mirando la pared y desmontando habitaciones, es justo a esa hora, a las 11 de la noche cuando despierto. Con un poco de suerte, al día siguiente consigo recordar algo de la actividad mental nocturna. A veces mi mente trae una experiencia pasada, a veces un rencor, a veces un pesar, la mayoría de las veces sólo algo con la que ocupar mi mente mientras ejecuto una acción tan mecánica y vacía de contenido como quitar el barro de los cristales.

Hoy, a raíz de un gran evento que ha tenido lugar en la vida de un gran amigo he recordado un viaje de un día a  Andorra, hace unos años. Éramos tres, él, un amigo suyo de toda la vida y yo. Pasamos una gran jornada en el coche, escuchando los Planetas y a Iván Ferreiro, la banda sonora de nuestra personal road movie. Hablando, cómo no, de pelis freaks, del Athleti, del Madrid, del Barça, y de Mónica, of course. Buscando palos de golf, e intentando que el colchonero se comprara unas gafas fucsia, bromeando con los colores que sus ojos no distinguían. Un día de esos que no se olvidan, comiendo un bocadillo con huevo frito a las 10:00, joder, los andorranos no saben hacer un huevo frito como dios manda. Lo mejor, la vuelta, el tema de las ex y un parón en el arcén después del peaje por la carcajada que nos provocó una de las historias. Ese preciso momento me ha sacado de más un atolladero de pesar y miseria en innumerables ocasiones. ¿ De quién hablábamos? Ah sí, de un doctor, de su consulta y de su praxis un poco extraña. Lo siento pero no puedo concretar más pero si ellos leen estas líneas, lo recordarán. Volverán a ese momento en aquel coche lleno de compras, parado en el arcén, con las cara llenas de las lágrimas de la carcajada más pura y sana.

Bueno, voy de vuelta a la cocina, hoy le toca a ella.

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~ por ferranmartinez en abril 12, 2012.

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