La mala memoria

Hay una generación de mujeres y hombres, pero sobretodo de mujeres, que se está extinguiendo. Mujeres que miran la actualidad con preocupación por los suyos pero con absoluta sobriedad. Doctas en las batallas de la vida.

Ayer, antes de  una fiesta familiar en la que nos íbamos a reunir cuatro generaciones, observaba con atención a mi abuela. Yo me acababa de levantar, pelo enmarañado y pijama lleno de arrugas, buscaba medio a tientas la cafetera para desperezarme. No sé a qué hora se habría levantado ella, pero ya estaba sentada, limpia y peinada, hacía horas, preparando un pastel y decorándolo con nubes y lacasitos para los bisnietos. Yo no sé hablar, prefiero estos pequeños y vulgares soliloquios de pseudoartista, sólo la observaba ensimismada en su labor, pensando en las mil historias reales que le ha tocado vivir, la observaba pensando en la vida tan dura que ha llevado. Siendo una niña, cambió los pañales de sus 10 hermanos, cambió los de sus 7 hijos, cambió los de la de la casi veintena de nietos, seguro que ha cambiado los de los 6 bisnietos  y, por una juzgada del destino, le ha tocado cambiar los de su marido, mi abuelo afectado de una enfermedad que no alcanzo a comprender. Tuvo que ver su casa en medio del paraíso invadida por unos y por otros, a sus hermanos y a su padre desaparecer en la cárcel de Granada, acusados de aún no sé bien qué, como tantos otros, por vivir en una zona tomada por los dos bandos, recibiendo el asedio y la requisación violenta en pro de una causa que poco conocían unos pastores cuyo único conocimiento era el de una madre sabia y dura, y el de un entorno natural de belleza infinitamente abrumadora. En una ocasión me contó que uno de sus hermanos nació bajo un olivo, seguro que fue concebido igual. El momento del alumbramiento sorprendió a mi bisabuela faenando en el campo. Divina dureza del espíritu, dio a luz, cortó como pudo el cordón, lo limpió con algún paño con el que protegió a su recién nacido retoño y con él asido a su pecho, siguió trabajando hasta caída la noche. Mujeres como mi abuela cargan sobre sus huesos molidos cientos de eventos parecidos a estos, les tocó esa vida. Siendo una mujer madura tuvo que abandonar su mundo y emigrar a una ciudad gris como era Barcelona, lejos del campo y de sus cerezos, persiguiendo a sus hijos que habían dejado el nido para buscar algo de prosperidad. Jamás he escuchado un sólo lamento de sus labios, sólo el día que tuvo que asistir al entierro de su hermana Laura, preocupada por si la agonía de su fallecimiento había sido larga. Mujeres como esta, auténticas heroínas silenciosas del tiempo, miran las circunstancia con una serena preocupación. Saben que la vida, tiene estas cosas y que el único culpable es el propio hombre. Saben que las circunstancias, con el tiempo, se convierten en lo que después llamaremos historia y que todo está regido por el eterno retorno. Lo malo del hombre es la mala memoria, la avaricia y ser el único animal que tropezará ad eternum con la misma piedra, él mismo. Algún día aprenderemos.

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~ por ferranmartinez en junio 4, 2012.

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